Ahora que estamos solos, debo confesarme: ¡Soy culpable! He trabajado muchos años como profesor de diseño, imagen e infografía. Parte del personal que enreda por productoras, imprentas y estudios de diseño, ha sido alumno mío. Eso sí, y sin que sirva de excusa, he intentando que aprendieran.
Todo curso tiene momentos caóticos. En los míos casi siempre han estado asociados de una u otra manera a la resolución. Maldita palabreja, cuando entraba en escena, mis alumnos y yo perdíamos la autoestima y quedábamos instalados en una zona oscura que –a menudo- regresa en forma de consulta: Profe, soy fulanito/a, ¿se acuerda de mí? Le llamo/le escribo por aquello de la resolución…
Quizás por eso hoy quiero volver, a modo de exorcismo, sobre la resolución. He ordenado mis notas y apuntes (demasiadas notas y apuntes) y quiero, parafraseando a CCC, enseñar la resolución en mil palabras. Aunque en realidad pueden ser muchas menos ya que aquel o aquella que nunca lee manuales y que detesta estudiar -es decir, la mayoría-, puede saltarse la lectura de los párrafos siguientes e ir directamente a los dos últimos en los que se expresan valores estándar de resolución.